Azul y La Moderna de Mierda.
La lluvia de inquisidora no ha parado desde hace casi semana y media. Es una cárcel visible, húmeda que no deja hacer lo que debes hacer, o simplemente lo que quieres. He estado todo ese tiempo en casa y el recreo parece infinito, la pérdida de tiempo se siente más demarcada que de costumbre, aunque sea al contrario, para mi por lo menos. Ahí es donde el contexto no me favorece en lo que quiero saber, y sobre todo, sentir. Emoción. Qué escribir sobre eso, sobre ti, que apareciste con un aviso seudo bélico, donde el miedo, y más, la curiosidad, me controla. La ansiedad por saber que hay detrás de ese cuerpo moreno y pequeño, ansiedad de conocer qué es lo que pasa realmente por tu cabeza y tu pecho, es lo que para mí es una ecuación de segundo grado: todo un desafío traumático, una hazaña incomprensible, un problema. Ahora, estamos las dos, paradas mirándonos la una a la otra, tus ojos idos permanentemente, se achican abruptamente, curvándose como cuando te ríes, las margaritas se demarcan y esbozas una carcajada. Yo igual río, pero no completamente. Siento dudas de todos y sé que es en gran parte mi culpa, y no puedo evitarlo, porque me han roto el corazón tantas veces, que ya me congelo; y me congelo por tu risa, azul - fría que me para los pelos de punta, convulsiono y me caigo al fondo de una brecha que parece más bien un gran acantilado, pero al fondo hay un colchón, semejante a una pila de paquetes de servilletas desechables selladas. Ahí estoy yo, de espaldas mirando hacia arriba y de la nada pareces tú, con tu risa que ahora es azul – cielo, que me hace sentir mejor, “está amaneciendo” me digo, con un tono de optimismo pleno, haciendo que la escalinata no sea tal, sino un preludio levitativo que vaticina un mejor provenir; y tu lo sabes y yo lo sé, por eso floto hacia ti lentamente, mirando el colchón de servilletas cada vez más pequeño; y pero no puedo manejar la velocidad, y el viaje se demora más y más, y eso, es culpa del miedo y la duda: el miedo, es por el dolor y la duda, tiene nombre de mujer.
— Sé que tienes el mismo problema— te digo, apenas toco el suelo.
— si, y tu lo sabes bien, así que deja de preguntar hueás — dices.
— si, creo que es mejor…— contesto, y ahora ambas reímos eufóricamente, como niños felices, caminando, perdiéndonos, confundiéndonos con cada grano de arena y jugando con las olas espumeantes de ese azul – mar, corriendo de la orilla para que no nos mojen los pies.
domingo, julio 25
lunes, febrero 8
Victoria Bitter
La garganta apretada, si no hay salida. Un mal habito. Una mala conducta que parece no ceder. Ante la imposibilidad del tiempo y circunstancia, la sensación se conserva. A veces, aumenta. Sobre todo la impotencia. Rápido los latidos del corazón, y un sabor amargo recorre las cuerdas. Parece que quedas sin saliva, la garganta se reciente.
Nadie gana, nadie pierde.
Los cerdos parecen abundar. No queda nadie limpio. Pero, de vez en cuando quiero hablarte al oído. ¿Tus padres no te enseñaron a reconocer tus errores? Está bien, si no quieres hablar, no hables. Pero no me mires, y ni siquiera pienses en mentir.
Es que no son tus besos, son los míos.
"Ojala te mueras. Pero mi horóscopo decía que lo que se fue, ya no vuelve."
Nadie gana, nadie pierde.
Los cerdos parecen abundar. No queda nadie limpio. Pero, de vez en cuando quiero hablarte al oído. ¿Tus padres no te enseñaron a reconocer tus errores? Está bien, si no quieres hablar, no hables. Pero no me mires, y ni siquiera pienses en mentir.
Es que no son tus besos, son los míos.
"Ojala te mueras. Pero mi horóscopo decía que lo que se fue, ya no vuelve."
lunes, febrero 1
Sudor en la frente, el corazón en la boca
La encantadora Rosita, vestida con tacones y un vestido rojo, en compañía de James Mondaca, que calzaba un simplejo polerón y jeans, recorrían la diagonal Pedro Aguirre Cerda, desde el centro de Concepción hasta la mismísima universidad. Deseaban perderse y caminar, por el simple antojo de un borracho porfiado. Eran a las tantas de la madrugada y con una buena dotación de alcohol en la sangre, disponían su trayecto con la confianza de un beodo el cual está seguro que nada ha de pasarle en su travesía. Patrañas. Cerca de la plaza Perú, en donde disponían a descansar y fumar “uno de aquellos”, el par de imbéciles ve otra pareja, compuesta por un anciano de avanzada edad y un joven curcuncho que le hacía compañía. No le dieron mayor importancia, pues no parecían amenazantes. Sin embargo, desde la otra esquina, el joven, abandona al longevo personaje y comenzó a correr hacia donde estaban Rosita y James, gritando e implorando que se detuvieran. Ambos pararon con incertidumbre y valientes. El joven, les replica que deben pasarle en encargo que pagó con anterioridad y que es de suma urgencia; o si no, que debían darles los 30 mil pesos por la mercadería no recibida. Ambos rieron hasta que vieron que el semblante del extraño joven que tenían por delante, cambiaba progresivamente. “¡Los voy a matar. Los voy a matar!”, gritó el desconocido y la pareja de borrachos asustados comenzaron a correr como mejor podían sostenerse. Desesperados y tratando de perder al loco con el que se habían topado, pensaban que lo más probable era que mañana estarían descansando en paz y eternamente. No obstante, recordaron que cerca de la universidad, vivía un conocido, que, aunque fuesen las 3 de la mañana, no se molestaría en abrirles las puertas en caso de emergencia.
Aun no perdían al tipo, cuando ya se encontraban tocando alocadamente el timbre y la puerta de un futuro buen samaritano. Apenas vieron la luz encendida y la puerta abriéndose, se lanzaron a los brazos de quien les abrió el camino a la paz. Pero luego de entrar en calma en una fracción de segundo, se dieron cuenta que la puerta que habían tocado, era una puerta equivocada. Una señora rolliza, en bata de raso barato y pelo de peluca usada, los recogía del suelo con sermones, Rosita y James se percataron que bochornoso encuentro era peor de lo que parecía. Se dieron cuenta que lo que tenían adelante era una de las especies más odiadas de una institución escolar: la orientadora vocacional. Procedieron a dar unas disculpas vagas apenas moduladas y se retiraron con urgencia zigzagueando por el pasillo. Esperaron a que el umbral ya no diera más luz y se sentaron en una escalera a esperar el amanecer con un cigarro compartido.
Comenzando la semana, un día lunes a las 8:16 AM, y luego de cantar el himno nacional, James avisó a Rosita con un codazo, que la temible criatura de la “orientación”, se acercaba con una sonrisa tenebrosa, ya no con su bata, sino con un uniforme negro y un delantal blanco y les dijo:
▬ Señores, por favor, pasen a mi oficina con su libreta de comunicaciones...▬
Aun no perdían al tipo, cuando ya se encontraban tocando alocadamente el timbre y la puerta de un futuro buen samaritano. Apenas vieron la luz encendida y la puerta abriéndose, se lanzaron a los brazos de quien les abrió el camino a la paz. Pero luego de entrar en calma en una fracción de segundo, se dieron cuenta que la puerta que habían tocado, era una puerta equivocada. Una señora rolliza, en bata de raso barato y pelo de peluca usada, los recogía del suelo con sermones, Rosita y James se percataron que bochornoso encuentro era peor de lo que parecía. Se dieron cuenta que lo que tenían adelante era una de las especies más odiadas de una institución escolar: la orientadora vocacional. Procedieron a dar unas disculpas vagas apenas moduladas y se retiraron con urgencia zigzagueando por el pasillo. Esperaron a que el umbral ya no diera más luz y se sentaron en una escalera a esperar el amanecer con un cigarro compartido.
Comenzando la semana, un día lunes a las 8:16 AM, y luego de cantar el himno nacional, James avisó a Rosita con un codazo, que la temible criatura de la “orientación”, se acercaba con una sonrisa tenebrosa, ya no con su bata, sino con un uniforme negro y un delantal blanco y les dijo:
▬ Señores, por favor, pasen a mi oficina con su libreta de comunicaciones...▬
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