domingo, agosto 7

Dionisio nos queda chico.







El bar se hallaba debajo del hotel San Francisco. "La trivia" era uno de los más elegantes de la ciudad. El creador de tamaña obra, debió dedicar mucho tiempo para colaborar en cada detalle barroco. La mesas de caoba dura y brillante, acogían a cada cliente, incitándolo coquetamente, tal vez a beber más de la cuenta para ostentar su gorda billetera. Decidí entrar para poder envolverme en un sopor húmedo, pesado lleno de tabaco. Pasé por el ornamentado umbral que sostenía cortinas de terciopelo y borlas doradas. A mi entrada, tres sujetos clavan su mirada en mi semblante: Celis, León y Benavides, los compinches del bajo mundo. Tras mi imposibilidad de evitar cualquier rose, me acerqué incómodo a su mesa y saludo cortésmente.
— ¿Dónde te habías metido Mella? — Pregunta Benavides con su burgués acento.
— Dónde nunca pudieran encontrarme... He experimentado nuevas cosas—Repliqué, mientras me acomodaba en la silla de chillón tapiz.
— ¡Garzón, tráiganos otra ronda de Vodka tónico, pero esta vez, que sean cuatro!— Ordena Celis. — No, yo solo quiero agua mineral, por favor— Contesto firme, sin pestañear.
Un mar de carcajadas me dejan casi sordo, sin poder entender cuál era el chiste.
— ¿Por qué tan sano hombre?— Pregunta Benavides sin dejar de reír. Al mismo tiempo, Celis con gestos infantiles, le dice al mozo que cumpla el pedido y solo traiga tres vodkas y un agua mineral. Al rato ya estaba de vuelta con el encargo.
— Benavides, detrás de la desaparición está la respuesta a tu pregunta. Visité varias partes, y en una de mis andanzas, allá por el sur, me topé con un "Congreso de aguas minerales", un evento único, hubo muchos países exponentes. Ahí, aprendí a catar las aguas, a desfragmentar cada componente, y a disfrutarla como si fuera un elixir de dioses. Es más, este vasucho es indigno para mi brebaje—Tomé el vaso, y procedí a tirarlo en una maceta con flores de plástico ordinarias y grité a todo pulmón, "¡Garzón, traigame la copa del cristal más fino que tenga!" El joven atiende rápidamente y deposita con exquisito cuidado el vidrioso cáliz sobre la mesa lleno de burbujeante agua.
Los tres mosqueteros se miraban las caras intrigados, concluyendo que padecía de algún síndrome.
— ¿Nos estás tomando el pelo Mella?—La sonora voz de Celis pedía explicaciones.
— Celis, es muy en serio—Y al instante, noté que el entrecejo de este, se fruncía cada vez más. Pero no era el único. León también estaba molesto, pero sus hipócritas costumbres sólo lo limitaron a reír falsamente.
— Por dios hombre...y por qué diablos estás aquí, de nada te sirve. Has perdido la razón completamente— Regañaba Benavides.
— No compañero, estoy en mi sano juicio, más sano que el de ustedes tres—La discusión se interrumpe súbitamente por el mozo que trae otros tres tragos más, pedidos ocultamente por León. Celis toma aire, y mira desafiante mi pupila. Sabe que hay algo más.
— ¿Por qué mejor no te largas a tu pocilga de mala muerte a tomar agüita como los pájaros?...—
Silencio. Tras unos segundo mirando fijo a Celis, digo "Córtala hueón, esto no es una pura hueá..."
— "Una pura hueá", claro— Me remenda Celis con su irónico murmullo, empinando el codo y saboreando su ultimo vaso de vodka. Porque después de esta, el imbécil, no abrirá los ojos nunca más.
— Entonces, Salud compañeros, y demos paso al gran show— Sonrío.
En mi bolsillo, la brillante navaja es lo único que despierta mi sed. La sed de sangre, la sed por cortar cogotes ajenos.

sábado, agosto 6




El pesado aire, al nivel de encierro, era al igual que sostener una tonelada de pena sobre las sienes, o tan molesto, como masticar vidrio molido. La vista era espeluznante. Las cortinas de otomán barato, estaban sucias con el paso del tiempo, contenían millones de kilos de polvo en apariencia; las paredes con papel mural amarillento a medio sacar, rasgadas, victimas de la despreocupación; muebles que ya no habían (sólo un par de sillas mugrientas de mimbre), y para qué hablar de vidrios, eran invisibles, como la Coni. Toda esta vieja composición del cuartucho, predisponían que el trayecto hacia el cuerpo lánguido metido en la cama, fuera más lento y cansino que de costumbre. La poca luz le robaba el protagonismo de quien estuviera ahí por más de 5 meses, dopada, postrada, sin aliento.

Habrían pasado más de mil años, antes de ver a la Coni salir a caminar, hablar, cantar, sonreír. Había sido ya mucho tiempo escuchando sólo algunas cuantas voces que al principio reconocía, pero que ahora les sonaban todas iguales, con la misma monotonía, siempre con el mismo sonsonete, huecas y reiterativas como el eco. Daba lo mismo si la visitabas o no. Si le hablabas o no. Si la tocabas o no. La vida le había ido consumiendo las ganas y lo único que realizaba era botar un par de lágrimas en sus momentos de lucidez, pues su cárcel era peor que unas rejas simplonas y una inquisidora vigilancia, su cárcel era ella misma.

La Coni solía ser una niña amable y alegre, de pelo brillante, cobrizo, eléctrico. Larguirucha y blanca de cuerpo, ágil. Siempre a eso de las 5 de la tarde, me pasaba a buscar. Golpeaban la puerta solo 3 veces, y si no le abría, se subía al techo a percutir como fuera la ventana de mi pieza. De risa ancha y vestido azul, me decía: “Ya pos hueón, ábreme la puerta, creís que soy un mono, que siempre me hacís subir al techo, pa`algo están las puertas, tonto hueón sordo.” Al final, siempre finalizaba su sermón entrando por la ventana del baño, lenta y cuidadosa como una culebra. Bajaba a la cocina, preparaba un jugo en polvo y se lo tomaba de un trago. Se preparaba un pan con-lo-que-fuera, y con la boca llena me decía que fuéramos a cualquier parte. Caminábamos horas, y terminábamos por lo general, tirando piedritas a los paupérrimos patos de la laguna del parque. A veces, les molíamos aspirinas y se los dábamos junto con el añejo pan que descuartizábamos, para creer que hacíamos una buena acción y los patos no sufrían tanto por nuestra culpa. La Coni estaba loca. Pero ahora que estaba postrada ya no le quedaban ganas de nada. No sabía y no quería saber nada, de ti, de mi, ni de ella. 73 horas después de que la ampolleta se quemara y la lámpara se viera más miserable, la Coni abrió los ojos, miró al techo y nunca más volvió a pestañar. La Coni había muerto.

El día del funeral, fue el día del infierno. La casa de la Coni era inmensa, de colosal expresión, a pesar de eso, el clima era un horno. La madre de la Coni, era una señora de pulcras costumbres, vestida de gris perla, del ceño fruncido. Todos los domingos en la mañana, obligaba a la Coni a vestirse y correr a la iglesia, para desempolvar los floreros muertos, con pomposos ramos de crisantemo blanco y helechos erectos. “Mi más sentido pésame Doña Iris, pero Dios, sabe lo que hace, y Constancita está mucho mejor ahora, junto a él” Dichas palabras eran de dudosa sinceridad, adornadas con un tono burlesco, cantadas como discurso de payaso. Y el show, era más patético a cada momento, mientras el calor hacía estragos en la menopáusica melancolía de doña Iris. Se le manchaba el vestido de agrio sudor, se le acumulaba el maquillaje en los pliegues de su marcada edad. La Coni y doña Iris, su madre, tenían 35 años de diferencia.

Iris Retamal, había nacido en cuna de oro. Hija de una pareja de valdivianos, la habían mandado a estudiar de temprana edad, al internado de las Madres Dominicas, a Concepción, una “ciudad menos fría y con mayores oportunidades”. Y fue toda una suerte conocer a Julio, "tan buen mozo y tan bueno", como decían las amigas de Iris; había estado en la Armada y una vez casado con doña Iris, se metió en todas las actividades que ofrecía la iglesia, porque era un hombre modelo, el mejor marido del mundo. Pero no pudo sostener su perfección por muchos años. Una muchacha que conoció en la iglesia empezó a quitarle el sueño y después de tantas aventuras a espaldas de su señora y de su pequeña Coni, la conciencia no le aguantó más y le puso el revolver en la frente. La Coni tenía 12 años.

domingo, julio 25

Azul y La Moderna de Mierda.

La lluvia de inquisidora no ha parado desde hace casi semana y media. Es una cárcel visible, húmeda que no deja hacer lo que debes hacer, o simplemente lo que quieres. He estado todo ese tiempo en casa y el recreo parece infinito, la pérdida de tiempo se siente más demarcada que de costumbre, aunque sea al contrario, para mi por lo menos. Ahí es donde el contexto no me favorece en lo que quiero saber, y sobre todo, sentir. Emoción. Qué escribir sobre eso, sobre ti, que apareciste con un aviso seudo bélico, donde el miedo, y más, la curiosidad, me controla. La ansiedad por saber que hay detrás de ese cuerpo moreno y pequeño, ansiedad de conocer qué es lo que pasa realmente por tu cabeza y tu pecho, es lo que para mí es una ecuación de segundo grado: todo un desafío traumático, una hazaña incomprensible, un problema. Ahora, estamos las dos, paradas mirándonos la una a la otra, tus ojos idos permanentemente, se achican abruptamente, curvándose como cuando te ríes, las margaritas se demarcan y esbozas una carcajada. Yo igual río, pero no completamente. Siento dudas de todos y sé que es en gran parte mi culpa, y no puedo evitarlo, porque me han roto el corazón tantas veces, que ya me congelo; y me congelo por tu risa, azul - fría que me para los pelos de punta, convulsiono y me caigo al fondo de una brecha que parece más bien un gran acantilado, pero al fondo hay un colchón, semejante a una pila de paquetes de servilletas desechables selladas. Ahí estoy yo, de espaldas mirando hacia arriba y de la nada pareces tú, con tu risa que ahora es azul – cielo, que me hace sentir mejor, “está amaneciendo” me digo, con un tono de optimismo pleno, haciendo que la escalinata no sea tal, sino un preludio levitativo que vaticina un mejor provenir; y tu lo sabes y yo lo sé, por eso floto hacia ti lentamente, mirando el colchón de servilletas cada vez más pequeño; y pero no puedo manejar la velocidad, y el viaje se demora más y más, y eso, es culpa del miedo y la duda: el miedo, es por el dolor y la duda, tiene nombre de mujer.

— Sé que tienes el mismo problema— te digo, apenas toco el suelo.
— si, y tu lo sabes bien, así que deja de preguntar hueás — dices.
— si, creo que es mejor…— contesto, y ahora ambas reímos eufóricamente, como niños felices, caminando, perdiéndonos, confundiéndonos con cada grano de arena y jugando con las olas espumeantes de ese azul – mar, corriendo de la orilla para que no nos mojen los pies.

lunes, febrero 8

Victoria Bitter

La garganta apretada, si no hay salida. Un mal habito. Una mala conducta que parece no ceder. Ante la imposibilidad del tiempo y circunstancia, la sensación se conserva. A veces, aumenta. Sobre todo la impotencia. Rápido los latidos del corazón, y un sabor amargo recorre las cuerdas. Parece que quedas sin saliva, la garganta se reciente.

Nadie gana, nadie pierde.

Los cerdos parecen abundar. No queda nadie limpio. Pero, de vez en cuando quiero hablarte al oído. ¿Tus padres no te enseñaron a reconocer tus errores? Está bien, si no quieres hablar, no hables. Pero no me mires, y ni siquiera pienses en mentir.
Es que no son tus besos, son los míos.

"Ojala te mueras. Pero mi horóscopo decía que lo que se fue, ya no vuelve."

lunes, febrero 1

Sudor en la frente, el corazón en la boca

La encantadora Rosita, vestida con tacones y un vestido rojo, en compañía de James Mondaca, que calzaba un simplejo polerón y jeans, recorrían la diagonal Pedro Aguirre Cerda, desde el centro de Concepción hasta la mismísima universidad. Deseaban perderse y caminar, por el simple antojo de un borracho porfiado. Eran a las tantas de la madrugada y con una buena dotación de alcohol en la sangre, disponían su trayecto con la confianza de un beodo el cual está seguro que nada ha de pasarle en su travesía. Patrañas. Cerca de la plaza Perú, en donde disponían a descansar y fumar “uno de aquellos”, el par de imbéciles ve otra pareja, compuesta por un anciano de avanzada edad y un joven curcuncho que le hacía compañía. No le dieron mayor importancia, pues no parecían amenazantes. Sin embargo, desde la otra esquina, el joven, abandona al longevo personaje y comenzó a correr hacia donde estaban Rosita y James, gritando e implorando que se detuvieran. Ambos pararon con incertidumbre y valientes. El joven, les replica que deben pasarle en encargo que pagó con anterioridad y que es de suma urgencia; o si no, que debían darles los 30 mil pesos por la mercadería no recibida. Ambos rieron hasta que vieron que el semblante del extraño joven que tenían por delante, cambiaba progresivamente. “¡Los voy a matar. Los voy a matar!”, gritó el desconocido y la pareja de borrachos asustados comenzaron a correr como mejor podían sostenerse. Desesperados y tratando de perder al loco con el que se habían topado, pensaban que lo más probable era que mañana estarían descansando en paz y eternamente. No obstante, recordaron que cerca de la universidad, vivía un conocido, que, aunque fuesen las 3 de la mañana, no se molestaría en abrirles las puertas en caso de emergencia.
Aun no perdían al tipo, cuando ya se encontraban tocando alocadamente el timbre y la puerta de un futuro buen samaritano. Apenas vieron la luz encendida y la puerta abriéndose, se lanzaron a los brazos de quien les abrió el camino a la paz. Pero luego de entrar en calma en una fracción de segundo, se dieron cuenta que la puerta que habían tocado, era una puerta equivocada. Una señora rolliza, en bata de raso barato y pelo de peluca usada, los recogía del suelo con sermones, Rosita y James se percataron que bochornoso encuentro era peor de lo que parecía. Se dieron cuenta que lo que tenían adelante era una de las especies más odiadas de una institución escolar: la orientadora vocacional. Procedieron a dar unas disculpas vagas apenas moduladas y se retiraron con urgencia zigzagueando por el pasillo. Esperaron a que el umbral ya no diera más luz y se sentaron en una escalera a esperar el amanecer con un cigarro compartido.
Comenzando la semana, un día lunes a las 8:16 AM, y luego de cantar el himno nacional, James avisó a Rosita con un codazo, que la temible criatura de la “orientación”, se acercaba con una sonrisa tenebrosa, ya no con su bata, sino con un uniforme negro y un delantal blanco y les dijo:
▬ Señores, por favor, pasen a mi oficina con su libreta de comunicaciones...▬

domingo, diciembre 6

Ex




"Despacio, más despacio, quiero aterrizar sin hacerme daño. Está muy lejos tu corazón, y muy cerca, el espacio..."

jueves, diciembre 3

Everybody gotta learn sometime





"...Todos conseguimos aprender alguna vez"



Tu y yo
Amargándonos la vida
Porque sí
es el más siniestro plan de atentado contra nosotros mismos
tu orgullo y racionalidad
"un clavo saca otro clavo", dicen
supongo que, lo estarás comprobando bien, ¿no?
besándola sobre ese pasto, el cual le da alergia, o ¿alegría?
¿qué quieres conseguir con esto?
¿olvidar?
¿olvidar?
¿olvidar?

¿por qué no vuelves a mi y te dejas de chillar?

miércoles, diciembre 2

Duvet - BoA - Serial Experimental Lain opening



And you don't seem to understand
A shame you seemed an honest man
And all the fears you hold so dear
Will turn to whisper in your ear
And you know what they say might hurt you
And you know that it means so much
And you don't even feel a thing

I am falling, I am fading,
I have lost it all

And you don't seem the lying kind
A shame then I can read your mind
And all the things that I read there
Candle lit smile that we both share
And you know I don't mean to hurt you
But you know that it means so much
And you don't even feel a thing

I am falling, I am fading, I am drowning,
Help me to breathe
I am hurting, I have lost it all
I am losing
Help me to breathe

I am falling, I am fading, I am drowning,
Help me to breathe
I am hurting, I have lost it all
I am losing,
Help me to breathe



__________________________



"...Y SABES QUE NO QUIERO DAÑARTE
PERO SABES QUE SIGNIFICA MUCHO
Y AÚN NO SIENTES NADA

ESTOY CAYENDO, ME ESTOY MARCHITANDO, ME ESTOY AHOGANDO
AYÚDAME A RESPIRAR
ESTOY LASTIMANDO, LO HE PERDIDO TODO
ESTOY PERDIENDO
AYÚDAME A RESPIRAR..."

The Holly suckers

1

“Santos soñadores de causas perdidas”


Cada mañana, a las 10:30, abro los ojos con una gran dificultad. Pesadez, mas que nada. Entonces, la intención de correr las cortinas se hace cada vez una tarea más difícil, el salir de la cama, es la enmienda primordial, sin embargo, abunda en mi el oscuro deseo de que la luz nunca más se filtre a través de la pared cristalina, que es el mismo deseo de no ver a las cortinas bailar con aquella gracia que las caracteriza por esta fecha pre estival, y por supuesto, ni siquiera echar el mas mínimo vistazo de lo que ocurre allá afuera. Pero, “¡Qué es lo que pide el publico!”, la gente normal y sus manías matutinas, arrastradas de generación a generaciones, al igual que la inercia del efecto domino. ¡Mamá, no quiero despertar! ¡NO!. Por consecuencia, con el espasmo del gritoneo y un par de lagañas menos, veo el desastre. Un gran espectáculo se vislumbra con la luz del sol: estoy despedazada. Las piedrosas y secas ruinas de lo que alguna vez fui, ahora esparcidas por toda la habitación. Mi pierna derecha sobre el televisor jamás usado, mi mano entre los peluches empolvados de una infancia inexistente, mi brazo dentro de una bota, y así sucesivamente. Un hermoso show bizarro de porquerías. Entonces, uno a uno, los busco y recojo, y con ardua paciencia voy tejiendo las piezas, con un suave y no menos frágil hilván de buenas intenciones, posibilidades futuras sin absolutas garantías y, por qué no, amor propio. Falso, claramente a la vista.

Una vez, ya a medio armar, sentada al borde de la cama, viene, bailoteando y gimiendo enajenada la inquisitiva pregunta “¿Qué es lo que me ha pasado? ¿Por qué estoy así?”. Hay múltiples, perspicaces teorías, no obstante, el holocausto de mi vida lo generó una gran bomba. Un gran desastre nuclear que cayó sobre mi y yo, sin darme cuenta, me ilusionaba estúpidamente, mis ojos brillaban y a la vez, mi vello se erizaba cada vez que pensaba en eso, en él. El camino se construía sobre adoquines multi y technicolor, con aroma dulce y refrescante, como la jalea de frambuesa recién sacada de un refrigerador, un gran charco de algodón y plumas blancas, sutiles, como sus palabras, como las promesas. Se vislumbraba un bosque delicioso, donde una cabañita de pulcra madera nos esperaría, para alimentarla con calor hogareño y una gran chimenea, donde solo saldrían nubes con forma de animales exóticos; dentro de esta, una cama reconfortante de sueños profundos y quehaceres de amor interminables. Caminado hacia la cabaña por ese camino lánguidamente fantástico, el sudor de mi mano se mezclaba con la de él, convirtiéndolo en un mielanoso pegamento agridulce, listo para la eternidad impoluta, porque así se te hace creer. Y tú crees. Pero en un momento súbito, siento el tironeo cada vez mas fuerte, y el vinculo se corta. El pegamento era una baratija, chino lo mas probable. Lo veo alejarse, casi en una escena de cámara lenta, se dirige hacia un negro rincón del cual nunca me había percatado. Paralizada, le grito con fervor que por favor se detuviese y regresara conmigo, pero él no me escucha, porque en realidad, no quiere oírme. Cuando llega al rincón mencionado, su cabeza gacha se levanta, me mira con pupilas verdes de sombría seguridad y me dice “Aquí, no pasó nada”, la corriente de su brazo se desliza a su pequeño dedo índice, presiona el detonador, y “¡BOOM!”. Despierto.

Terminada y lista con la labor de unir mis miembros, y segura que cada pieza está en su lugar, me levanto a preparar café. Sin embargo, camino a la cocina, en el pasillo, habita un espejo burlón, un bufón crítico y certero, que no es mentiroso nunca cuando se está lucido. Al ver mi reflejo, noto que está todo en perfectas condiciones, no obstante, no me había percatado que me faltaba una gran pieza del rompecabezas: tengo un gran agujero en el pecho, tan grande y de profundidad indefinida, que podía ver hacia el otro lado. Mi corazón, no estaba en su lugar. Pensé en ir buscarlo, así que retrocedí a mi pieza, que a esas alturas estaba completamente iluminada por la omnipresente luz del día. Pero me detuve a secas. ¿Para que buscarlo? Los pedazos probablemente estén combinados con el polvo de los muebles, la ropa sucia, el papel usado y la basura de la alfombra, ya que, irrisoriamente, es lo más compatible con lo que alguna vez estuvo en ese lugar de mi cuerpo. “Mejor, voy en busca de la aspiradora y limpio toda esta mierda”. Me devolví a la cocina, con la amargura a flor de piel y la decepción en la punta de la lengua.

Obviedad,
¿Unir las piezas?
No. Nunca más, como me dijo el cuervo.
Ahora, le escribes a ella
(y la fotografías)
En un rato, la besarás a ella
Y en un tiempo más,
caminarás con ella por sendero dulce hacia la cabaña ridícula.
Ojalá presiones el botón otra vez,
aquí estaré para unirte los pedazos.



"difficult not to feel a little bit
disappointed...
and passed over
when i've looked right through
to see you naked and oblivious...
And you don´t...see...me..."