1
“Santos soñadores de causas perdidas” Cada mañana, a las 10:30, abro los ojos con una gran dificultad. Pesadez, mas que nada. Entonces, la intención de correr las cortinas se hace cada vez una tarea más difícil, el salir de la cama, es la enmienda primordial, sin embargo, abunda en mi el oscuro deseo de que la luz nunca más se filtre a través de la pared cristalina, que es el mismo deseo de no ver a las cortinas bailar con aquella gracia que las caracteriza por esta fecha pre estival, y por supuesto, ni siquiera echar el mas mínimo vistazo de lo que ocurre allá afuera. Pero, “¡Qué es lo que pide el publico!”, la gente normal y sus manías matutinas, arrastradas de generación a generaciones, al igual que la inercia del efecto domino. ¡Mamá, no quiero despertar! ¡NO!. Por consecuencia, con el espasmo del gritoneo y un par de lagañas menos, veo el desastre. Un gran espectáculo se vislumbra con la luz del sol: estoy despedazada. Las piedrosas y secas ruinas de lo que alguna vez fui, ahora esparcidas por toda la habitación. Mi pierna derecha sobre el televisor jamás usado, mi mano entre los peluches empolvados de una infancia inexistente, mi brazo dentro de una bota, y así sucesivamente. Un hermoso show bizarro de porquerías. Entonces, uno a uno, los busco y recojo, y con ardua paciencia voy tejiendo las piezas, con un suave y no menos frágil hilván de buenas intenciones, posibilidades futuras sin absolutas garantías y, por qué no, amor propio. Falso, claramente a la vista.
Una vez, ya a medio armar, sentada al borde de la cama, viene, bailoteando y gimiendo enajenada la inquisitiva pregunta “¿Qué es lo que me ha pasado? ¿Por qué estoy así?”. Hay múltiples, perspicaces teorías, no obstante, el holocausto de mi vida lo generó una gran bomba. Un gran desastre nuclear que cayó sobre mi y yo, sin darme cuenta, me ilusionaba estúpidamente, mis ojos brillaban y a la vez, mi vello se erizaba cada vez que pensaba en eso, en él. El camino se construía sobre adoquines multi y technicolor, con aroma dulce y refrescante, como la jalea de frambuesa recién sacada de un refrigerador, un gran charco de algodón y plumas blancas, sutiles, como sus palabras, como las promesas. Se vislumbraba un bosque delicioso, donde una cabañita de pulcra madera nos esperaría, para alimentarla con calor hogareño y una gran chimenea, donde solo saldrían nubes con forma de animales exóticos; dentro de esta, una cama reconfortante de sueños profundos y quehaceres de amor interminables. Caminado hacia la cabaña por ese camino lánguidamente fantástico, el sudor de mi mano se mezclaba con la de él, convirtiéndolo en un mielanoso pegamento agridulce, listo para la eternidad impoluta, porque así se te hace creer. Y tú crees. Pero en un momento súbito, siento el tironeo cada vez mas fuerte, y el vinculo se corta. El pegamento era una baratija, chino lo mas probable. Lo veo alejarse, casi en una escena de cámara lenta, se dirige hacia un negro rincón del cual nunca me había percatado. Paralizada, le grito con fervor que por favor se detuviese y regresara conmigo, pero él no me escucha, porque en realidad, no quiere oírme. Cuando llega al rincón mencionado, su cabeza gacha se levanta, me mira con pupilas verdes de sombría seguridad y me dice “Aquí, no pasó nada”, la corriente de su brazo se desliza a su pequeño dedo índice, presiona el detonador, y “¡BOOM!”. Despierto.
Terminada y lista con la labor de unir mis miembros, y segura que cada pieza está en su lugar, me levanto a preparar café. Sin embargo, camino a la cocina, en el pasillo, habita un espejo burlón, un bufón crítico y certero, que no es mentiroso nunca cuando se está lucido. Al ver mi reflejo, noto que está todo en perfectas condiciones, no obstante, no me había percatado que me faltaba una gran pieza del rompecabezas: tengo un gran agujero en el pecho, tan grande y de profundidad indefinida, que podía ver hacia el otro lado. Mi corazón, no estaba en su lugar. Pensé en ir buscarlo, así que retrocedí a mi pieza, que a esas alturas estaba completamente iluminada por la omnipresente luz del día. Pero me detuve a secas. ¿Para que buscarlo? Los pedazos probablemente estén combinados con el polvo de los muebles, la ropa sucia, el papel usado y la basura de la alfombra, ya que, irrisoriamente, es lo más compatible con lo que alguna vez estuvo en ese lugar de mi cuerpo. “Mejor, voy en busca de la aspiradora y limpio toda esta mierda”. Me devolví a la cocina, con la amargura a flor de piel y la decepción en la punta de la lengua.
Obviedad,
¿Unir las piezas?
No. Nunca más, como me dijo el cuervo.
Ahora, le escribes a ella
(y la fotografías)
En un rato, la besarás a ella
Y en un tiempo más,
caminarás con ella por sendero dulce hacia la cabaña ridícula.
Ojalá presiones el botón otra vez,
aquí estaré para unirte los pedazos.
"difficult not to feel a little bit
disappointed...
and passed over
when i've looked right through
to see you naked and oblivious...
And you don´t...see...me..."