
El pesado aire, al nivel de encierro, era al igual que sostener una tonelada de pena sobre las sienes, o tan molesto, como masticar vidrio molido. La vista era espeluznante. Las cortinas de otomán barato, estaban sucias con el paso del tiempo, contenían millones de kilos de polvo en apariencia; las paredes con papel mural amarillento a medio sacar, rasgadas, victimas de la despreocupación; muebles que ya no habían (sólo un par de sillas mugrientas de mimbre), y para qué hablar de vidrios, eran invisibles, como la Coni. Toda esta vieja composición del cuartucho, predisponían que el trayecto hacia el cuerpo lánguido metido en la cama, fuera más lento y cansino que de costumbre. La poca luz le robaba el protagonismo de quien estuviera ahí por más de 5 meses, dopada, postrada, sin aliento.
Habrían pasado más de mil años, antes de ver a la Coni salir a caminar, hablar, cantar, sonreír. Había sido ya mucho tiempo escuchando sólo algunas cuantas voces que al principio reconocía, pero que ahora les sonaban todas iguales, con la misma monotonía, siempre con el mismo sonsonete, huecas y reiterativas como el eco. Daba lo mismo si la visitabas o no. Si le hablabas o no. Si la tocabas o no. La vida le había ido consumiendo las ganas y lo único que realizaba era botar un par de lágrimas en sus momentos de lucidez, pues su cárcel era peor que unas rejas simplonas y una inquisidora vigilancia, su cárcel era ella misma.
La Coni solía ser una niña amable y alegre, de pelo brillante, cobrizo, eléctrico. Larguirucha y blanca de cuerpo, ágil. Siempre a eso de las 5 de la tarde, me pasaba a buscar. Golpeaban la puerta solo 3 veces, y si no le abría, se subía al techo a percutir como fuera la ventana de mi pieza. De risa ancha y vestido azul, me decía: “Ya pos hueón, ábreme la puerta, creís que soy un mono, que siempre me hacís subir al techo, pa`algo están las puertas, tonto hueón sordo.” Al final, siempre finalizaba su sermón entrando por la ventana del baño, lenta y cuidadosa como una culebra. Bajaba a la cocina, preparaba un jugo en polvo y se lo tomaba de un trago. Se preparaba un pan con-lo-que-fuera, y con la boca llena me decía que fuéramos a cualquier parte. Caminábamos horas, y terminábamos por lo general, tirando piedritas a los paupérrimos patos de la laguna del parque. A veces, les molíamos aspirinas y se los dábamos junto con el añejo pan que descuartizábamos, para creer que hacíamos una buena acción y los patos no sufrían tanto por nuestra culpa. La Coni estaba loca. Pero ahora que estaba postrada ya no le quedaban ganas de nada. No sabía y no quería saber nada, de ti, de mi, ni de ella. 73 horas después de que la ampolleta se quemara y la lámpara se viera más miserable, la Coni abrió los ojos, miró al techo y nunca más volvió a pestañar. La Coni había muerto.
El día del funeral, fue el día del infierno. La casa de la Coni era inmensa, de colosal expresión, a pesar de eso, el clima era un horno. La madre de la Coni, era una señora de pulcras costumbres, vestida de gris perla, del ceño fruncido. Todos los domingos en la mañana, obligaba a la Coni a vestirse y correr a la iglesia, para desempolvar los floreros muertos, con pomposos ramos de crisantemo blanco y helechos erectos. “Mi más sentido pésame Doña Iris, pero Dios, sabe lo que hace, y Constancita está mucho mejor ahora, junto a él” Dichas palabras eran de dudosa sinceridad, adornadas con un tono burlesco, cantadas como discurso de payaso. Y el show, era más patético a cada momento, mientras el calor hacía estragos en la menopáusica melancolía de doña Iris. Se le manchaba el vestido de agrio sudor, se le acumulaba el maquillaje en los pliegues de su marcada edad. La Coni y doña Iris, su madre, tenían 35 años de diferencia.
Iris Retamal, había nacido en cuna de oro. Hija de una pareja de valdivianos, la habían mandado a estudiar de temprana edad, al internado de las Madres Dominicas, a Concepción, una “ciudad menos fría y con mayores oportunidades”. Y fue toda una suerte conocer a Julio, "tan buen mozo y tan bueno", como decían las amigas de Iris; había estado en la Armada y una vez casado con doña Iris, se metió en todas las actividades que ofrecía la iglesia, porque era un hombre modelo, el mejor marido del mundo. Pero no pudo sostener su perfección por muchos años. Una muchacha que conoció en la iglesia empezó a quitarle el sueño y después de tantas aventuras a espaldas de su señora y de su pequeña Coni, la conciencia no le aguantó más y le puso el revolver en la frente. La Coni tenía 12 años.

No hay comentarios:
Publicar un comentario